La importancia de respetar la rutina en los cuidado del bebe

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En hacer las mismas cosas a las mismas horas todos los días. El bebé entra en una dinámica acorde con el hogar. Si la familia tiene un orden horario, el chiquito adquirirá ese horario, y si vive en una casa un tanto anárquica, esa anarquía se trasmitirá al horario del pequeño.En las guarderías o jardines maternales, por ejemplo, se lleva un horario estricto de desayuno, almuerzo, siesta y merienda. El pequeño se adapta rápidamente a estas rutinas y las espera con agrado.

Es fundamental que el chico sepa qué va a ocurrir después de…

De esta forma se siente seguro, sabe que el mundo funciona del modo que él conoce y puede controlar. Los cambios tienen que darse paulatinamente.

Hasta los tres o cuatro primeros meses está justificado que el bebé pase las noches en un moisés o una cunita cerca de la cama de sus padres. Pero es bueno que, al menos una vez al día, duerma en su propio cuarto. Así, llegado el momento, no habrá problema con el cambio, que debe realizarse más allá del cuarto mes.

Realizar ciertas actividades (el paseo o el baño, la cena…), siempre a la misma hora, favorece que el pequeño vaya adquiriendo un horario regular. Si sabe, por ejemplo, que alrededor de las cinco van a la plaza, que al volver lo bañarán, que después le darán de cenar y que finalmente lo acostarán y le contarán un cuento, aceptará todo de buen arado y sin resistirse, sintiéndose además feliz y sereno.

Ayuda a mantener el hábito el que la misma persona le dé normalmente de comer, y que se haga en un espacio relajado, sin distracciones ni interferencias. También conviene no prolongar mucho el tiempo.

Una media hora es suficiente, y en el caso de que se muestre inapetente, es mejor no insistir y esperar a la próxima comida, sin dar extras entre horas, porque conviene mantener los horarios. No hay que forzar, apurar ni gritar.
Comer debe ser algo placentero y rodeado de afecto.

En cuanto al sueño también hay que respetar la hora de acostarse, y preparar ese momento mediante una secuencia de acciones que conviene repetir cada día en el mismo orden: baño, cena, lavado de dientes, pis, pijama, despedirse del muñeco y del osito, beso de buenas noches…Se trata de un rato especialmente afectivo en el que podemos incluir un cuento, una canción… sin demoramos demasiado, pero también sin apuro. No como un trámite para el sueño, sino dando toda su importancia a ese momento tierno de las buenas noches que lo ayudará a tener felices sueños.

Investigadores y estudiosos en el área de la crianza y educación infantil sostienen que las rutinas, al hacer que los acontecimientos sean predecibles, tienen una influencia favorable en padres e hijos, porque les proporcionan estabilidad en un mundo que de otro modo resultaría algo caótico.Fomentan un sentido de cohesión y satisfacción general en la vida familiar, hacen que los chicos se sientan conectados e incluidos en su familia, dan seguridad y comodidad.

Ayudan a superar mejor las crisis y acontecimientos adversos (cambios de residencia, divorcio, fallecimientos o enfermedad en la familia…), y favorecen la competencia social de los chicos. También propician que las madres (y los padres) se sientan competentes, al hacer su labor más fácil y eficaz.Incluso se ha encontrado relación con el rendimiento académico de los chicos (y es lógico, si lo pensamos, ya que las rutinas proporcionan un ambiente estructurado).

El orden predecible de lo que hacen les da seguridad:
Imaginemos que vamos a contratar un viaje organizado para conocer un país exótico. «¿A qué hora llega nuestro avión al aeropuerto de ese país?», le preguntamos al señor de la agencia.
«Depende, a veces llega por la mañana, pero a veces se atrasa y llega por la tarde». «Pero habrá alguien de la agencia esperándonos», suponemos. «Probablemente, pero nunca se sabe a qué hora aparece», nos contesta el empleado con una sonrisa.
«¿Y de qué categoría son los hoteles?» «Sí tienen ustedes suerte, serán de cinco estrellas, pero muchas veces no quedan y entonces dormirán en carpa. Algunas veces tendrán que dormir de día».
¿Adonde mandaríamos al señor de la agencia? Hace falta mucho sentido de la aventura para embarcarse en semejante desorden, ¿verdad? Todos necesitamos cierto orden. También nosotros, incluso cuando  buscamos  novedad y aventura, queremos que el mundo sea al menos mínimamente previsible.

Nos sentimos más seguros cuando sabemos lo que va a pasar. Además, necesitamos que se nos respeten al menos ciertos hábitos, unos mínimos horarios y rutinas. Cuando la vida se convierte en continua improvisación, en permanente incertidumbre y desorden, lo pagamos con estrés y trastornos en nuestra salud tanto anímica como física.

Los chicos necesitan más aún de las rutinas. En estos primeros años se sienten más seguros si las cosas ocurren de un modo regular y si saben lo que viene después.

La repetición y el orden los tranquilizan. Si usamos las mismas palabras y acciones para acostarlos, para levantarlos, para el baño y la comida, y hacemos todo eso en el mismo orden y a la misma hora, lograremos que el mundo sea más ordenado y sencillo para el chico, facilitando su comodidad y la nuestra. Las rutinas de cada día (horarios de comida, siesta, paseo, baño, etc., y el orden uniforme en que estas cosas se producen) los ayudan a estructurar el tiempo, y a hacer que todo sea menos estresante y agotador. Eso facilita todo y hace menos frecuentes la negatividad y las rabietas tan típicas de esta edad.